En la Argentina hay palabras muy importantes que sufren un rápido desgaste: algunas, por usarlas demasiado; otras, por usarlas sin sustento. En el mundo del vino, una de las más repetidas de los últimos años es “diversidad”. Sin embargo, cuando se habla del Malbec, esa palabra recupera todo su sentido. Si hay algo que define a la variedad emblema del país es su capacidad de expresarse de maneras muy distintas, según el lugar donde nace, el clima de cada año y la mirada de quien lo elabora.
Los números ayudan a dimensionarlo. Según el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), al cierre de 2025 había 46.890 hectáreas de Malbec en el país: casi el 24% de toda la superficie de vid y la mayor extensión de esta variedad en el mundo.
Se cultiva en 18 provincias, aunque Mendoza concentra la gran mayoría. Le siguen San Juan, Salta, La Rioja, Neuquén, Río Negro y Catamarca, entre otras. Va desde las alturas extremas de los Valles Calchaquíes, a más de 3.000 metros, hasta la Patagonia profunda y la costa atlántica. Además, llega a más de 110 países. Pero, más allá de las cifras, lo interesante es lo que ocurre dentro de cada botella.
Muchos se preguntan qué viene después del Malbec. La respuesta que suelen dar los hacedores es tan simple como contundente: después del Malbec, viene más Malbec. La Argentina es un país enorme, con todos los paisajes, y el Malbec se convirtió en el mejor vehículo para mostrarlos en una copa. Por eso, nadie —y menos los argentinos— debería sentirse cansado de esta variedad. Cada Malbec que hay en el mercado es diferente y, el año próximo, habrá más.

A su vez, la diversidad del vino argentino es una bandera desde principios del milenio, cuando el país necesitó salir a vender sus vinos al mundo. Entonces se multiplicaron las etiquetas y el Malbec explotó.
Pero el foco de esa primera diversidad estaba más puesto en el nombre de la variedad y en el diferencial que eso suponía para captar la atención del consumidor que en la calidad del vino.
Pronto surgieron los vinos de lugar y la diversidad se fortaleció. Mientras eso sucedía, apareció la interpretación. Es decir, ya no hablaban solo la variedad, el lugar y el clima del año, sino también la mirada del hacedor. “El Malbec sin lugar es un buen vino, pero con lugar es un gran vino”, suele decir Alejandro Vigil.
Esa idea resume el camino que recorrió la variedad en las últimas dos décadas. Los estudios científicos confirmaron que el Malbec es capaz de transmitir su origen, y los hacedores descubrieron que, dentro de un mismo viñedo e incluso de una misma parcela, las mismas plantas podían dar vinos muy distintos. Así, lo que empezó a suceder puertas adentro de las bodegas adquirió tanta relevancia que muchos se animaron a embotellar esos Malbec diferentes. Llegaron los vinos de parcela, de suelos calcáreos, de viñas viejas y de alturas extremas.
También llegaron los 100 puntos de la prensa internacional, que no hicieron más que confirmar el rumbo. Una prueba más reciente de hasta dónde puede llegar el Malbec cuando expresa su lugar llegó desde Londres.




