Los niños se han caracterizado por tener una imaginación insuperable, sin embargo, se ha observado que en la actualidad se han reducido estas habilidades, principalmente, por del uso excesivo de las pantallas y de la insuficiente relación con los libros.
Una de las personas que ha alertado de ello a través de las redes sociales es Jorge Corrales, escritor y profesor de la Escuela de Escritores, que a través de un largo escrito publicado en su cuenta de X en diciembre, que tiene más de 769.000 visualizaciones, advirtió de este problema tras una conversación durante un encuentro con editores.
“Por lo que estuve viendo en artículos y revistas científicas, parece que está claro que hay un menor entrenamiento a imaginar. Y, debido a que hay muchas más pantallas y estímulos, los niños no ejercitan tanto esa capacidad”, sostiene Corrales en conversación. Padre por partida doble, él cree que sus hijos sí han desarrollado la imaginación porque, desde hace mucho tiempo, fomenta la lectura con ellos a través de una gran biblioteca con títulos infantiles en su casa. “Esto ha generado que, cuando tienen un rato libre o necesitan descansar, directamente van a la biblioteca, cogen uno de los libros y leen sin que nosotros tengamos que decirlo”, agrega.
El uso excesivo de las pantallas por parte de los menores es uno de los grandes problemas en los que coinciden los expertos a la hora de apuntar a los culpables de esta pérdida de la capacidad de imaginación. “Hay que tener en cuenta varias variables. Como la edad, no es lo mismo el uso de pantallas en niños de 2 años que con 12. También el tiempo que le dedican o el tipo de contenido. Considero que el acompañamiento adulto se está quedando a un lado”, alerta Leticia Falagán, psicóloga infantil.
La experta también indica que la imaginación puede mejorar a través del juego simbólico con la creación de mundos narrativos o el pensamiento contrafactual. “Las pantallas no dañan la capacidad imaginativa de forma directa, pero sí que reducen el juego simbólico y aumentan la preferencia por estímulos rápidos”, incide. En el caso de la dificultad de sostener la atención en tareas poco estimulantes, Falagán acusa a la baja tolerancia al aburrimiento, pero no lo relaciona con la falta de imaginación.
Corrales defiende una versión similar acerca del problema de la baja concentración: “Mucha gente que trabaja con niños me ha comentado que había notado descensos, sobre todo en la comprensión lectora”. “Tiene que ver con la irrefrenable falta de atención que tenemos en nuestra sociedad”, comenta, algo que relaciona con la menor capacidad de concentración y peor comprensión lectora en los niños.

Según el informe PISA in Focus de 2024 de la OCDE, el 54% de los estudiantes de los países analizados indicaron que se pueden distraer fácilmente, especialmente aquellos que están más de una hora con un dispositivo para el ocio. En otro estudio de la OCDE acerca de la vida de los niños en la edad digital, publicado en mayo de 2025, un mayor tiempo dedicado a los medios digitales se correlaciona con una menor generación de imágenes mentales.
“En entornos muy sobreestimulados, como las pantallas y el contenido rápido, el cerebro reduce su tolerancia y la baja estimulación necesita una recompensa frecuente, que es la dopamina, y se pierde esa práctica de generar entretenimiento interno”, explica Falagán. “Si se pierde práctica, o no estoy acostumbrado a hacerlo, imaginar no me sale tan fácil”, incide la psicóloga, al mismo tiempo que defiende que el consumo temprano de pantallas no es que elimine la imaginación, pero sí puede interferir si desplaza el juego libre o las experiencias reales: “Dedicamos menos tiempo a imaginar; no es que disminuya”. La experta indica que, si no se utilizan herramientas para fomentar la imaginación, el mayor riesgo no es que los niños vayan a imaginar peor, sino que les cueste más y pierdan la práctica: “El cerebro infantil es muy plástico, se puede moldear muy fácilmente, pero funciona por uso y práctica”. “Si un niño no necesita generar escenarios imaginarios no se produce atrofia cerebral, pero sí puede haber mayor dependencia de estímulos externos o menor tolerancia a la baja estimulación”, alerta.
Otro de los problemas que puede surgir a la hora de fomentar la imaginación a través de la lectoescritura en los menores es que la lectura es un modelo antinatural, porque lo natural es que el ser humano reciba imágenes, sonidos, sabores y olores, según explica Corrales: “Nuestro cerebro no demanda leer. Ningún niño de un año tiene interés por aprender, porque leer es algo artificial que hemos creado como seres humanos. Una capacidad enriquece muchísimo y ha provocado que imaginemos mucho más allá”. Esto supone que, al escribir y al leer, en nuestra cabeza aparezcan imágenes que adapten lo que está ocurriendo, algo que en alemán describen como kopfkino (o cine en la cabeza).
¿Qué se puede hacer ante este problema? La respuesta es muy positiva. Falagán anuncia que es reversible: “Ya que el cerebro infantil es altamente plástico, cuando introducimos juego libre o tiempos de lectura, la raíz imaginativa se vuelve a activar y se fortalece”. Asimismo, indica varias cuestiones que son esenciales a la hora de fomentar la imaginación: “El entorno y la actitud son dos factores importantes, pero más el segundo, porque es el punto de partida más poderoso. Entre las cosas que pueden hacer padres o profesores están aquellas como validar las ideas del niño, que se involucren en esas historias en un juego simbólico… Que haya un espacio para el error y la experimentación, que modelen la imaginación”. Por otro lado, añade que entre las funciones cognitivas de la imaginación está que un niño prevea las consecuencias de algo: “La mayor capacidad de resolver problemas, regular sus sentimientos y desarrollar empatía”.
Para Corrales, como escritor y padre, una de las principales ayudas para fomentar la escritura creativa de los niños es la necesidad de hacerles ver las herramientas de narración a modo de juego, como imaginar los deseos que podrían tener los personajes: “A raíz de eso, todos los niños iban estructurando perfectamente una historia con principio, nudo y desenlace, con sus puntos de giro”. La imaginación de los niños también se desarrolla a base de tener libros cerca y buscar un punto de vista diferente, algo que, según afirma, consiguen con una facilidad asombrosa: “Tiene que haber ese componente externo que consiga sacarles la imaginación. Cuando ese componente desaparece, creo que los niños no son capaces de sacar todo ese potencial que tienen dentro”.




