martes, mayo 19, 2026

¿Por qué dejamos de ser los superhéroes de nuestros hijos? Del pensamiento mágico al pensamiento crítico

Durante los primeros años de vida, el cerebro infantil se rige por la creencia de que los adultos de referencia —progenitores, profesores y otros cuidadores— son seres mágicos y poderosos, capaces de todo lo imaginable y poseedores de todas las respuestas del universo.

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Con sus herramientas, son expertos en calmar el dolor, ayudar a conciliar el sueño y en ofrecer estrategias para cualquier situación, por recóndita que esta parezca. Sin embargo, es una etapa efímera. A medida que el cerebro madura y acumula experiencias, se produce un cambio y una evolución necesaria: el paso del pensamiento mágico al pensamiento crítico.

Hacia los 8 o 9 años, el cerebro experimenta una gran transformación en la corteza prefrontal, el área encargada de las funciones ejecutivas. Hasta ese momento, el menor se guiaba por respuestas más impulsivas y emocionales, pero es en este punto cuando comienza a razonar y a realizar un análisis más profundo de la realidad. Así que es natural que, en la primera infancia, el niño perciba a sus progenitores como superhéroes, ya que depende de ellos para sobrevivir al ser un individuo frágil y vulnerable. Su inteligencia emocional se construye sobre el aprendizaje que adquiere de la conducta de sus referentes, a quienes considera perfectos e insuperables. No obstante, a medida que la estructura cerebral evoluciona, esta percepción se transforma para dar paso a una visión más ajustada a la realidad.

El pensamiento crítico se interpreta, en ocasiones, como una falta de educación o un desafío continuo por parte del niño. Sin embargo, no se trata de un capricho ni depende exclusivamente del acompañamiento emocional recibido, sino que es un indicador de un adecuado desarrollo y madurez cerebral del menor, es decir, está comportándose tal y como se espera en este preciso momento evolutivo.

En este periodo comienza a generarse el pensamiento abstracto, permitiendo al menor comprender procesos cada vez más complejos que requieren mayor madurez. A lo largo de esta metamorfosis, el niño comprende que su perspectiva no es la única y que existen otras miradas igualmente válidas e importantes. Abandona la etapa egocéntrica y se abre a la empatía, lo que le permite entender que los adultos también están sujetos a las leyes y normas del mundo y que no pueden actuar siempre según su voluntad.

Esta es una etapa donde el niño necesita encontrar respuestas válidas, lógicas e incluso con rigor científico. Negarles dicha información o querer que hagan las cosas “porque yo lo digo” o “porque sí” solo lleva a generar una resistencia natural. Este cambio en el modelo de interacción transforma al niño: donde antes únicamente observaba y aprendía, ahora participa, aporta opiniones y espera ser un sujeto activo en su entorno.

A través de esta visión más amplia, el menor adquiere diversas perspectivas de los círculos sociales en los que se mueve (escuela, hogar y amigos). De todas ellas, va seleccionando los elementos que más le convencen o son más afines a sí mismo para construir su propia identidad, entendiendo incluso que sus progenitores no siempre piensan ni actúan igual ante las mismas situaciones.

Para madurar y construir una autoestima sólida, el niño necesita transitar este proceso. Aunque para algunos adultos resultaría más cómodo convivir con un hijo que no cuestionase nada, la ausencia de este juicio podría indicar alguna alteración en el desarrollo esperado. La crítica a los adultos de referencia no es un acto de rebeldía, sino la herramienta necesaria para delimitar su propio criterio. La sumisión no es la respuesta.

El modelo de crianza actual difiere significativamente del de hace algunas décadas, donde la tendencia era educar niños sumisos y obedientes que acataran las normas sin emitir opinión. Esa conducta era sinónimo de buena educación. Sin embargo, la neurociencia afirma todo lo contrario: la sumisión puede ser una vía de acceso directa a la vulnerabilidad y al riesgo de abuso. Es fundamental que un niño adquiera desde la infancia herramientas para establecer límites con respeto, asertividad y amabilidad, pero también con firmeza y seguridad. Este aprendizaje le permitirá expresar su opinión sin miedo al rechazo o a la exclusión, evitando la necesidad de buscar la aprobación continua del grupo y comprendiendo que la diversidad es esencial en una sociedad plural.

En definitiva, que un hijo comience a cuestionar o a señalar la conducta o el discurso de sus progenitores es una señal evidente de que su cerebro está funcionando correctamente. Dejar de ser superhéroes es el sacrificio necesario que el adulto debe hacer para permitir que los hijos se conviertan en los protagonistas de su propia historia. El paso del pensamiento mágico al pensamiento crítico supone aprender a amar a los hijos de manera incondicional, entendiendo que no nos pertenecen ni son parte de uno mismo, sino que tienen su propia personalidad y necesitan vivir su propio camino, aprendiendo a escoger por sí mismos con el acompañamiento pleno de sus progenitores.

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