El lenguaje es un arma poderosa a la hora de criar y educar a los niños. Algunas palabras pueden tener un calado muy profundo en su cerebro, hasta el punto de dañar su autoconcepto. El modo en que los adultos se dirigen a ellos no solo moldea la forma en la que se perciben a sí mismos, sino que también puede influir en la manera de entender el mundo que los rodea. Una frase repetida como un mantra, ya sea negativa o positiva, puede anclarse profundamente en su pensamiento y acompañarlos hasta la edad adulta en forma de creencias. Todo ello, según los especialistas, erosiona su capacidad para reconocerse como alguien único.
“Algunas afirmaciones no es que sean especialmente duras; es el hecho de que se repitan en momentos en los que el niño está construyendo quién es”, explica Carlos Limones, psicólogo, psicoterapeuta y director de El Taller Emocional, centro psicológico en Madrid). “Un menor no se describe a sí mismo, sino que se descubre a través de lo que los adultos le dicen”, agrega.
Una de estas expresiones es “eres un desastre”, una frase muy utilizada que, para el especialista, no describe una conducta concreta, sino que, cuando se repite en el tiempo, acaba definiendo una identidad. “El niño no aprende ‘me he equivocado’, sino que lo que asimila es ‘soy así’, y esto fija lo que en psicología se llama identidad rígida negativa”, sostiene Limones. La segunda aportación del psicólogo introduce lo que él mismo denomina “venenos cognitivos”, por incluir las palabras “siempre” y “todo”, y se concreta en una frase habitual: “Siempre haces todo mal”, una expresión que impacta negativamente en la autoestima del menor. “Decir ‘siempre’ es una generalización y ‘todo’ es una globalización, por lo que esto supone la base de muchos sesgos cognitivos que vemos después en adultos con baja autoestima”, explica.
Para la psiquiatra especialista en trauma Belén Gutiérrez, de Menteamente (Centro privado de salud mental), otra de las frases que invalida la experiencia subjetiva de un niño y le enseña que su mundo no merece ser escuchado es “Tú qué vas a saber, eres pequeño”. “O, lo que es lo mismo: ‘Tu opinión no importa’, ya que esta afirmación hace que el niño no encuentre su espacio, se desconecte de su propia voz y crezca pensando que lo que siente vale menos que lo de los demás, cuando en la mente de un menor hay mucho mundo: emociones complejas, interpretaciones, miedos, deseos y una necesidad profunda de ser visto”, analiza la psiquiatra.

Ambos especialistas coinciden en que otra de las afirmaciones especialmente dañinas es cualquiera que recurra a comparaciones con otros, ya sea un hermano o un amigo. “La expresión ‘tu hermano sí que lo hace bien’ puede tener un impacto en su autoestima, al hacerla depender del rendimiento frente a los demás y fomentar las comparaciones”, señala Gutiérrez. “O ‘mira tu hermano cómo lo hace’: comparar no motiva, jerarquiza. El niño no aprende a mejorar, sino a medirse y a sentirse por debajo. Es la semilla de la inseguridad y de la baja autoestima”, aporta Limones.
La forma más directa de invalidación que cuestiona a un niño su valor como persona y la más dura es “no vales para nada”. “El mensaje que recibe no es ‘esto que has hecho se puede mejorar’, sino ‘hay algo malo en mí’. Cuando se repite, puede integrarse en su narrativa interna y repercutir en una autoestima frágil, miedo intenso al error, necesidad constante de aprobación externa y dificultad para tolerar la frustración”, asegura Limones. “Muchos niños terminan convirtiendo esa voz externa en voz propia”, prosigue el experto, “por eso es clave recordar que no es lo mismo corregir una conducta que atacar la identidad”.
Otra de las frases muy usadas y populares que parecen inocentes es la relacionada con el llanto. “No llores, no es para tanto’ es una afirmación que invalida la emoción del niño”, retoma Gutiérrez. “En este caso, el mensaje implícito no es calmante, sino que es: ‘Lo que sientes está mal’, y eso rompe la conexión emocional con uno mismo”, agrega. “No se trata de hablar perfecto”, incide Limones, “sino de cambiar el foco: de identidad a una conducta, de juicio a una guía, de emoción invalidada a emoción acompañada”.




