Cuando la ansiedad aparece después de una mala noticia, por lo menos tiene una lógica. Pero a veces nos descoloca porque se instala cuando estamos en una etapa tranquila, sin mayores sobresaltos o incluso pasando por buenos momentos. El trabajo bien, la familia bien, la pareja también… hasta la mascota está en su mejor momento, pero aun así se presenta ese malestar, el desasosiego y junto con él, muchas veces, la culpa: ¿Por qué me siento así, si tengo todo para estar bien?
Quienes sintieron ansiedad, seguro saben cómo se siente. El pecho apretado, la cabeza que no para y repasa conversaciones o anticipa problemas que todavía no existen, y que incluso nunca existirán. Una sensación de no saber qué hacer y a la vez, ganas de no hacer nada y apagar el cerebro un rato.
En un artículo que analiza por qué ocurre que la ansiedad se instala en momentos inesperados, la coach especializada en ansiedad Ana Isabel Marin Jodar escribió en el portal Psicología y Mente que esta emoción “no funciona como una contabilidad objetiva de todo lo bueno y lo malo que tenemos”.
Por qué la alarma se enciende sin peligro a la vista
Según explicó Marin Jodar, la ansiedad es una respuesta que anticipa amenazas, y no se activa solo ante peligros concretos: también responde a posibilidades, como perder el trabajo o que una relación se termine. Y a veces ni siquiera se registra el pensamiento que encendió la alarma, pero sí nos damos cuenta del resultado: tensión, irritabilidad, problemas para dormir.
“Podemos saber racionalmente que estamos a salvo y, al mismo tiempo, sentir que necesitamos seguir vigilando”, escribió la coach.
El psicólogo estadounidense Daniel Goleman explicó por qué ocurre esto: en su super famoso libro Inteligencia emocional (1995) señaló que la amígdala, una estructura cerebral clave en el miedo, puede disparar una respuesta emocional antes de que la región que se encarga del razonamiento (el neocórtex), termine de evaluar la situación. O sea, que nos sentimos mal o con ansiedad incluso antes de saber qué es lo que está ocurriendo.
Pero además, la coach describió la ansiedad que aparece cuando lo difícil ya pasó. Suele pasar que tenemos un ritmo exigente durante meses, trabajamos mucho, dormimos poco, pasamos nervios y el cuerpo aguanta. Hasta que pasa la tormenta, llega la etapa tranquila y, en lugar de alivio, el cuerpo se siente tenso y comienza a dar señales de malestar.
Para Marin Jodar, el cuerpo puede haber comprendido que relajarse es bajar la guardia y se niega a ello cuando pasó tanto tiempo teniendo que defenderse.
Miedo a que algo salga mal cuando todo va bien
La investigadora estadounidense Brené Brown, de la Universidad de Houston, le puso nombre a la tendencia a imaginar lo peor justo en los momentos buenos. En inglés la llamó foreboding joy, algo así como una alegría premonitoria. Es una suerte de mecanismo de defensa del cerebro que apaga o empaña la felicidad en el momento en que ocurre, anticipando una tragedia o pérdida futura.
“Ninguna emoción da más miedo que la alegría, porque creemos que si nos permitimos sentirla estamos invitando al desastre. Empezamos a ensayar la tragedia en los mejores momentos de nuestra vida”, escribió Brown en su libro Atlas of the Heart.
Y Marin Jodar vinculó esa preocupación con la intolerancia a la incertidumbre, la dificultad para aceptar que nunca vamos a saber del todo qué va a pasar. Eso, según la coach, ayuda a entender algo que nos suele suceder a todos: alcanzamos eso que queríamos, esa llave que nos iba a dar la felicidad, apenas estamos en ese punto, el cerebro ya empezó a buscar otra cosa para preocuparse.
“Si necesitamos estar completamente seguros para sentirnos tranquilos, siempre quedará algo que nuestra mente pueda intentar controlar”, escribió. Y sobre este punto también habla el psiquiatra español Javier García Campayo, catedrático de la Universidad de Zaragoza y referente en mindfulness y compasión: “Con nuestra preocupación y ansiedad, nos anticipamos al sufrimiento antes de que aparezca, siendo frecuente que luego no ocurran las circunstancias temidas”, explica en su libro ‘Adiós al sufrimiento inútil’.
Culpa por sentirse mal cuando todo está bien
A la ansiedad, muchas veces, se le suma el reproche. “Cuando aparentemente tenemos motivos para estar bien, la ansiedad puede añadir culpa al propio malestar, ya que no solo sentimos inquietud: además pensamos que no deberíamos sentirla”, señaló Marin Jodar.
Uno de los obstáculos más frecuentes para consultar, según la coach, es compararse: “Tengo trabajo”. “Mi familia está bien”. “Hay personas con problemas mucho peores”. “Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, podemos estar pasándolo mal”, escribió, y agregó que “el sufrimiento psicológico no necesita una justificación suficientemente dramática para ser atendido”.
Como señales para buscar apoyo, mencionó que la preocupación cueste controlarse, afecte el sueño o lleve a evitar cada vez más cosas. Solo un profesional de la salud mental puede distinguir una inquietud pasajera de un cuadro que necesita tratamiento.
Marin Jodar sostuvo que el objetivo no siempre es que la ansiedad desaparezca: “A veces consiste en aprender que podemos sentir cierta inquietud sin interpretar inmediatamente que algo va mal o que necesitamos eliminarla”. Para la coach, se puede agradecer lo que se tiene y reconocer, a la vez, que algo está costando. Por eso propuso cambiar la pregunta de partida por otra: “¿Qué está necesitando de mí esta parte de mi experiencia que llevo tanto tiempo intentando silenciar?”.




