sábado, octubre 24, 2026

¿Puede un juguete despertar una vocación? Lo que los niños aprenden jugando y cómo influye en su futuro

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Un niño construye una torre con piezas de colores. Coloca una pieza encima de otra hasta que, de repente, toda la estructura se viene abajo. Vuelve a empezar, cambia el orden, prueba con una base más ancha y descubre que esta vez resiste. Para él no ha sido más que un juego, pero durante esos minutos ha observado, experimentado y buscado soluciones. Es decir, ha puesto en práctica algunas de las habilidades sobre las que se construye el pensamiento científico, aunque el niño todavía no sepa qué significa la palabra ingeniería. La escena permite plantear una pregunta: ¿Hasta qué punto las experiencias infantiles pueden influir en las vocaciones profesionales? Y, sobre todo, ¿cómo preparar a los hijos para un mundo laboral que cambia a tal velocidad que muchas de las profesiones que ejercerán serán diferentes de las existentes hoy?

Nerea Riveiro, psicopedagoga de VTech, explica que las vocaciones científicas y tecnológicas no aparecen repentinamente cuando un adolescente debe elegir sus estudios, sino que comienzan a construirse durante la infancia, a través de las experiencias, las preguntas y las oportunidades que cada menor encuentra para explorar su entorno. “No necesitamos que los niños sepan a qué quieren dedicarse de mayores a edades tempranas, pero sí necesitamos que tengan oportunidades para descubrir qué les interesa y de qué son capaces”. Un estudio sobre el juguete y su evolución en la población española realizado por VTech el pasado mes de junio recoge que casi 8 de cada 10 españoles consideran que el juego influye en los intereses, las habilidades y las vocaciones infantiles. Se trata de una percepción de los encuestados, no de una demostración de que determinados juguetes conduzcan a profesiones concretas.

Riveiro pone como ejemplo los juegos de construcción. Cuando una estructura se cae, el niño debe observar qué ha ocurrido, modificar su diseño y comprobar si la siguiente solución funciona. Así se familiariza con conceptos relacionados con el equilibrio y la resolución de problemas. Algo parecido sucede con los primeros juegos de programación, en los que debe ordenar instrucciones para, por ejemplo, conseguir que un personaje alcance una meta. Sin darse cuenta, trabaja la anticipación y el pensamiento lógico. Sin embargo, la psicopedagoga introduce un matiz: “Un juguete, por sí mismo no garantiza un aprendizaje significativo”. Para que la experiencia resulte enriquecedora, el niño necesita participar activamente, tomar decisiones, probar alternativas y disponer de margen para equivocarse.

Los juegos de mesa, por ejemplo, pueden favorecer la toma de decisiones, el respeto de los turnos y el control de impulsos, mientras que los de construcción ofrecen oportunidades para ejercitar la planificación y la percepción espacial. El resultado, no obstante, depende de la edad y las características del menor, así como de la manera en que se desarrolla el juego.Las vocaciones científicas y tecnológicas no aparecen repentinamente cuando un adolescente debe elegir sus estudios, sino que comienzan a construirse durante la infancia.

Las vocaciones científicas y tecnológicas no aparecen repentinamente cuando un adolescente debe elegir sus estudios, sino que comienzan a construirse durante la infancia.

La cuestión, por tanto, no es encontrar el juguete que prometa desarrollar más capacidades, sino ofrecer experiencias variadas y adecuadas a cada etapa.

¿Estamos preparando a los niños para profesiones que todavía no existen?

Durante generaciones, la elección de una profesión estuvo asociada a trayectorias relativamente previsibles. Hoy, la inteligencia artificial, la automatización y la digitalización están transformando numerosas ocupaciones y obligan a replantearse qué conocimientos serán necesarios en el futuro. ¿Tiene sentido orientar a los niños desde pequeños hacia determinadas profesiones tecnológicas? Para Riveiro, resulta mucho más útil enseñarles a aprender, adaptarse y pensar por sí mismos que intentar anticipar qué trabajo desempeñarán dentro de 20 años. El pensamiento crítico, la creatividad, la autonomía y la capacidad para colaborar son habilidades que pueden utilizarse en contextos muy diferentes.

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La psicopedagoga también advierte del riesgo de confundir la preparación para el futuro con la necesidad de adelantar aprendizajes o llenar las agendas infantiles de actividades dirigidas. El juego libre, el movimiento, la lectura, la interacción social e incluso el aburrimiento forman parte del desarrollo. “No se trata de fabricar futuros profesionales desde la infancia”, resume Riveiro, sino de acompañar a niños capaces de afrontar un mundo que todavía desconocemos.

No todas las vocaciones aparecen durante la infancia ni todas las decisiones profesionales son definitivas. Josef Brocki, fundador y consejero delegado de Evolve, empresa española dedicada a la formación tecnológica en inteligencia artificial, datos y ciberseguridad, observa que muchas personas descubren su interés por la tecnología después de haber desarrollado una trayectoria profesional completamente distinta. Pone como ejemplo a un trabajador de recursos humanos procedente de las ciencias sociales que descubre, al aprender a utilizar herramientas de análisis de datos, nuevas formas de comprender por qué los empleados abandonan una empresa o en qué momento del proceso de selección se pierden candidatos. No necesita cambiar de profesión, sino incorporar nuevas capacidades a la que ya ejerce.

“Hay muchísima gente que se encuentra con la tecnología a los 30 años, a los 40 o más tarde”, explica Brocki. En su experiencia, el interés suele aparecer cuando una persona necesita resolver un problema concreto, como automatizar una tarea repetitiva o comprender cómo se ha producido un ciberataque en su empresa.

El error de convertir cada juego en una inversión de futuro

Que el juego favorezca determinadas habilidades no significa que las familias deban evaluar cada actividad infantil por su posible utilidad laboral. La curiosidad puede manifestarse construyendo un circuito, desmontando un juguete, inventando una historia o intentando comprender por qué ocurre algo. Ninguna de esas experiencias permite anticipar con seguridad una profesión, pero todas ofrecen oportunidades para experimentar y ganar confianza.

Riveiro insiste en que las competencias tecnológicas no deberían eclipsar las sociales y emocionales. Saber colaborar, comunicar ideas, tolerar la frustración o adaptarse a situaciones nuevas también será fundamental. Quizá el niño que hoy construye una torre termine siendo ingeniero. O médico, periodista, músico o profesor. Incluso puede que descubra su verdadera vocación a los 40 años. Lo importante no es que aquel juego determine su futuro, sino que le haya permitido experimentar una de las formas más valiosas de aprender: hacerse una pregunta, intentar encontrar una respuesta y descubrir que, cuando algo no funciona, siempre puede volver a empezar.

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