lunes, agosto 17, 2026

Hay que enseñar a los hijos el valor de no hacer nada en verano

Cada año, en cuanto se entregan las últimas notas y empiezan los meses de calor, se activa la misma dinámica en las pantallas de nuestros teléfonos.

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Basta con abrir cualquier red social para encontrar un bombardeo constante de imágenes: viajes a países lejanos, barcos en aguas transparentes, cenas mágicas al atardecer, grupos muy numerosos donde todos se llevan bien y hoteles que parecen sacados del paraíso. Muchos padres miran estas fotos desde el sofá de su casa, cansados después de un día más de trabajo, lidiando con el calor, la difícil conciliación y una sensación de culpa y frustración aplastante por no estar pudiendo ofrecer estas vacaciones tan merecidas a sus hijos. Y este juego de comparaciones no solo afecta a los adultos. El impacto es todavía más profundo y delicado cuando se traslada a los niños y adolescentes.

En sus perfiles digitales, los menores consumen a diario una versión de la vida que ha pasado por demasiados filtros, con familias idílicas donde los hermanos nunca se pelean, padres que jamás pierden la paciencia y jóvenes con cuerpos perfectos y sin complejos, los cuales se sitúan como sus referentes. Esta exposición continua siembra ideas peligrosas en todos, pero aún más en los menores, cuyo desarrollo no es maduro y están aún descubriendo quiénes son.

Crecer con la idea de que un verano de éxito depende del paisaje o del destino más fotografiable para poder compartirlo en redes o contar a los demás es dejar de poner en valor lo realmente importante: la compañía, la emoción y la coherencia. Quizás querer hacer lo que a los demás les gusta, o lo que está de moda, no es hacer lo que a uno mismo le hace feliz, porque la vida real se vive fuera de las pantallas.

Al ir al supermercado de la esquina, al pasear por el barrio o al ir a la tienda del pueblo, somos conscientes de que la gente de las redes no está en nuestro día a día. Las familias de carne y hueso no tienen músicas idílicas de fondo ni están siempre listas para la foto; las familias reales discuten, los hermanos se pelean por cualquier cosa y los días pasan entre quejas, calor, “me aburro” y algún plan que otro, siendo todo ello natural y común.

La trampa de la productividad

Vivimos inmersos en la cultura de la prisa y la productividad, una exigencia que, casi sin querer, acabamos transmitiendo a los hijos. Parece existir un miedo a los días en blanco en el calendario, lo que empuja a muchos padres a hiperprogramar las vacaciones de los pequeños, convirtiendo los meses de julio y agosto en una prolongación de la rutina del curso.

Sin embargo, el verdadero descanso no se mide en actividades contratadas ni en dinero invertido. El mayor privilegio que puede tener una familia en verano es, sencillamente, el derecho a frenar con gestos tan esenciales como:

  • Guardar los dispositivos electrónicos y mirarnos más a los ojos, conectando con lo verdaderamente esencial, los valores, las emociones, aquello que nos gusta de estar juntos.
  • Olvidarse del tiempo, apagando las alarmas, quitándose el reloj y permitiendo que los días se rijan más por lo que uno necesita y no por los horarios cerrados.
  • Disfrutar de las cosas cotidianas, de un juego de mesa en familia, de ir a la compra juntos, de cenar alrededor de la mesa sin prisa algo que nos guste, de contar chistes o recordar anécdotas.

Los trayectos, las esperas y los momentos sin un plan también alimentan la creatividad y el desarrollo de los niños.

Los trayectos, las esperas y los momentos sin un plan también alimentan la creatividad y el desarrollo de los niños.

El aburrimiento es necesario

Desde el punto de vista del desarrollo infantil, bajar el ritmo en verano es una necesidad biológica y educativa. Durante el curso escolar, el cerebro de los niños recibe una gran cantidad de información, rutinas y estímulos. Para poder procesar todo lo aprendido y madurar correctamente, la mente necesita momentos de desconexión. El cuerpo necesita frenar para integrar todo lo aprendido y poder hacer funcional dicho aprendizaje.

Por eso, el verano tiene como objetivo principal desconectar de las rutinas y el ruido para poder volver a conectar con uno mismo y lo fundamental:

  • Andar descalzos y despeinados, vinculándose con lo simple, lo natural, lo esencial.
  • Recuperar el juego libre, dedicando tiempo a jugar en esencia, sin una estructura cerrada, donde la imaginación y la creatividad sean las protagonistas.
  • Aprender a aburrirse. Puede resultar incómodo sostener la frustración que les genera a los niños aprender a aburrirse, de ahí que muchas veces los adultos traten de hacer lo imposible para que no se aburran, pero es un regalo permitirles hacerlo, ya que el aburrimiento es el motor que enciende la imaginación. Cuando un niño pasa esa primera barrera del clásico “me aburro”, tarde o temprano termina inventando un juego, dibujando, leyendo o creando algo nuevo por sí mismo. La clave es estar presentes, pero con paciencia, dándoles tiempo, permitiendo que sean ellos quienes elaboren, creen e imaginen.
  • El valor del verano no es sumar kilómetros o fotografías, sino recuerdos y emociones únicos en familia. El verano nos da la oportunidad de observar a nuestros hijos sin la prisa habitual del resto del año, y de poder compartir conversaciones, miradas, caricias y silencios.

Estas semanas de calma también abren un espacio muy sano para que los niños conecten consigo mismos. Les ayuda a digerir cómo ha ido el curso y a coger fuerzas y ganas para el que vendrá en septiembre. Al final, enseñar a los hijos el valor de no haber hecho nada les da una lección para toda la vida: que la tranquilidad y la felicidad de verdad no se compran con un billete de avión ni se pueden enseñar en una foto en las redes.

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