miércoles, julio 29, 2026

¿Por qué los niños ya no juegan como antes?

Hace apenas unas décadas bastaba con bajar al parque o salir a la calle para que el juego apareciera casi de forma espontánea.

Must Read

No hacían falta grandes planes, juguetes sofisticados ni adultos organizando cada minuto de la agenda. Bastaban otros niños, una pelota, la bici, unas tizas y un poco de imaginación. Todo fluía de manera natural.

Sin embargo, hoy la escena es muy distinta. Cada vez son más quienes sienten que sus hijos o alumnos ya no saben a qué jugar o, simplemente, jugar. Suelen necesitar que un adulto les proponga una actividad, que les entretenga constantemente o recurrir a un dispositivo. ¿Qué está pasando para que el juego espontáneo esté desapareciendo poco a poco de la infancia?

Durante décadas se creyó que jugar era simplemente una forma de divertirse, algo totalmente opuesto a lo que considerábamos aprender. Sin embargo, cada vez tenemos más información sobre el papel que desempeña el juego en el desarrollo infantil. Últimos avances refuerzan la idea de que, durante el juego libre, se activan regiones cerebrales fundamentales para el aprendizaje y la memoria, como el hipocampo y la corteza prefrontal. Lejos de ser una simple forma de diversión, el juego es un auténtico motor para el desarrollo cerebral: fortalece las conexiones neuronales sobre las que se construirán habilidades tan importantes como la creatividad, la regulación emocional, la atención o la capacidad para resolver problemas. Sin embargo, para que todo esto ocurra se necesita algo imprescindible: tiempo.

Es posible que esta sea una de las principales razones por las que el juego está pasando a un segundo plano. Cada vez son más los niños que disponen de poco o ningún tiempo para jugar. Entre el colegio, las actividades extraescolares, los deberes, los desplazamientos y el ritmo acelerado de las familias, el juego ha ido quedando relegado. Incluso hay niños que, cuando por fin disponen de un rato libre, están demasiado cansados para jugar. Y el juego necesita tiempo. Un tiempo necesario para imaginar, explorar, aburrirse, probar, equivocarse, volver a empezar y dejar que las ideas aparezcan de forma natural.

A esta realidad se suma otro factor que ha transformado profundamente la infancia en los últimos años: las pantallas. Hoy sabemos que una parte importante del tiempo que antes se dedicaba al juego ha sido sustituida por el tiempo frente a una pantalla. El problema no es solo el tiempo que ocupan, que es mucho, sino también el efecto que producen sobre el cerebro.

Una parte importante del tiempo que antes se dedicaba al juego ha sido sustituida por el tiempo frente a una pantalla.

Las pantallas ofrecen una enorme cantidad de estímulos en muy poco tiempo: imágenes que cambian constantemente, sonidos, recompensas inmediatas y una sucesión continua de gratificaciones que activan con intensidad los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y la liberación de dopamina. El problema aparece cuando el cerebro se acostumbra a ese nivel de estimulación.

Comparado con una pantalla, construir una cabaña, dibujar, hacer un puzle, inventar una historia o jugar con unas piedras resulta mucho más lento. Requiere paciencia, espera, concentración y un esfuerzo mental que las pantallas no exigen.

No es que el juego haya dejado de ser interesante. Es que un cerebro acostumbrado a recibir estímulos intensos e inmediatos tiene más dificultades para mantener el interés en actividades cuyo ritmo es mucho más pausado y cuya recompensa no es instantánea. Pero es precisamente ese tipo de juego el que el cerebro infantil más necesita para desarrollarse de forma saludable y que ninguna pantalla podrá sustituir. Existe un tercer elemento: la manera en la que los adultos acompañamos el juego.

Con la mejor de las intenciones, hemos ido ocupando un espacio que antes pertenecía a los propios niños. Organizamos sus juegos, resolvemos rápidamente sus conflictos, proponemos actividades de forma constante e intervenimos antes de que tengan la oportunidad de buscar soluciones por sí mismos. Además, existe una necesidad cada vez mayor de evitar que los niños puedan llegar a aburrirse, como si eso fuese algo malo o peligroso.

El verdadero reto que tenemos por delante como cuidadores de la infancia no es encontrar nuevos juegos o actividades para nuestros hijos o alumnos, sino devolverles las condiciones necesarias para favorecer su juego. Más tiempo. Menos prisas. Menos pantallas. Y, por supuesto, más confianza en su capacidad para imaginar, crear y jugar.

No existe ningún juguete, aplicación o actividad dirigida capaz de sustituir todo lo que sucede en el cerebro de un niño cuando tiene la libertad de jugar.

Una de las mejores decisiones que podemos tomar como adultos es proteger ese espacio, porque cada minuto que un niño dedica al juego libre está desarrollando su cerebro de manera sana y construyéndose a sí mismo. En un mundo cada vez más acelerado y digitalizado, proteger el tiempo de juego se ha convertido en casi una necesidad.

- Advertisement -spot_img

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

- Advertisement -spot_img
Latest News

Subsidio a los combustibles podría terminar de acuerdo a disminución de los precios

La iniciativa 6801 ley de apoyo temporal para diésel y gasolina regular planteada por el presidente Bernardo Arévalo y entregada al Congreso por la bancada...
- Advertisement -spot_img

More Articles Like This

- Advertisement -spot_img