Cuando nos quitamos vestiduras, surge una interrogante sobre su destino: no están sucias como para tirarlas al canasto de la ropa ídem, pero tampoco están como para guardarlas en el armario junto a la ropa cien por ciento limpia.
Ante semejante encrucijada se impone la mesura: los dioses griegos convertirían a las ropas en estatuas, o en constelaciones. Los humanos, sin facultades para semejantes prodigios, las dejamos en “situación de silla”: una suerte de limbo jurídico en el que permanecerán hasta que los usos repetidos las envíen directo a la lavadora
Aunque a primera vista esa práctica pueda interpretarse como una señal de desorden, especialistas en psicología aseguran que, en la mayoría de los casos, responde a factores como la fatiga mental, el estrés o la practicidad.
Según la psicóloga española Sara Navarrete, el hecho de dejar prendas sobre una silla en lugar de guardarlas inmediatamente no suele ser producto de la pereza. Más bien, refleja la manera en que el cerebro administra la energía después de una jornada cargada de responsabilidades.
La especialista explicó a la revista ¡Hola! que, cuando una persona termina el día con una elevada carga mental, acciones simples como doblar una prenda o guardarla en el armario pasan a un segundo plano porque la mente prioriza aquello que considera más importante.
Una decisión que se posterga
Navarrete señala que, en muchos casos, la ropa queda sobre una silla porque la persona no sabe bien qué hacer con ella: tal como expresábamos antes, no está lo suficientemente sucia como para ir al lavado, pero tampoco tan limpia como para volver al placard.
Esa decisión pendiente termina prolongándose durante días y, poco a poco, la pila de ropa crece sin que exista una intención consciente de generar desorden.
Desde esta perspectiva, el hábito también puede reflejar una personalidad práctica, integrada por personas que no necesitan mantener todo perfectamente ordenado para sentirse cómodas y que prefieren destinar su atención a otras actividades.
Estrés y saturación mental
Los especialistas sostienen que este comportamiento suele intensificarse durante períodos de mayor presión emocional o laboral.
En esos momentos no solo se acumula ropa, sino también papeles sobre el escritorio, objetos fuera de lugar o tareas domésticas pendientes. Según Navarrete, esto ocurre porque el cerebro entra en una especie de “modo de supervivencia”, concentrando sus recursos en resolver lo urgente.
Para la psicóloga, el desorden no es el origen del estrés, sino una de sus manifestaciones visibles. En ese sentido, considera que el estado de una vivienda muchas veces refleja el momento emocional que atraviesa quien la habita.
¿Cuándo deja de ser un simple hábito?
Acumular ropa ocasionalmente no representa un problema por sí mismo. Sin embargo, la situación cambia cuando ese comportamiento genera culpa, frustración, sensación de pérdida de control o conflictos con otras personas del hogar.
“La diferencia no está en el montón de ropa. Está en cómo nos hace sentir”, explicó Navarrete.
Por ello, los especialistas recomiendan incorporar pequeños hábitos cotidianos que permitan mantener cierto orden sin convertir la organización en una fuente adicional de presión. Según coinciden, un entorno ordenado suele comenzar con una mente menos sobrecargada.




