lunes, julio 6, 2026

Ante el comentario negativo: cómo reaccionar cuando alguien desprecia su aspecto o su cuerpo

La crítica despectiva siempre es difícil de gestionar, sobre todo en el caso de la belleza femenina, un campo en el que parece imposible ser neutral.

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Los expertos apuntan que lo importante no es cómo contestar, sino ser un espacio de escucha sin reforzar o menospreciar las inseguridades.

En la última temporada de Las Kardashian, Kylie Jenner, la hermana pequeña del famoso clan, cuenta que un comentario aparentemente banal tras uno de sus primeros besos desembocó en una crisis de autopercepción que terminaría llevándola a inyectarse ácido hialurónico en sus labios, convencida de que eran demasiado finos. De esta forma, la observación negativa de un adolescente sobre los labios de la hoy influencer y millonaria empresaria —que ocurrió cuando todavía no era tan conocida como sus hermanas— desató un efecto mariposa que culminó con millones de mujeres de todo el mundo sometiéndose a tratamientos en busca de unos labios parecidos a los suyos, convertidos ya en icono e insignia de un imperio de la cosmética.

La autovigilancia de nuestro rostro y de nuestro cuerpo es un proceso íntimo, pero siempre aparece como resultado de una presión que no solo ejercen industrias como la de la publicidad, el cine o la moda, sino que también provocan amigos y conocidos con sus conversaciones y comentarios. Además, tal y como explica Ellen Atlanta en su ensayo Diva virtual, esta presión “se ve agravada por la necesidad de presentar esa imagen a través de múltiples canales de comunicación y de estar siempre comparando tu vida real con la versión que muestras en internet”. La inseguridad, entonces, se despliega actualmente en más planos que nunca y con una intensidad insólita, porque cualquiera se enfrenta a una audiencia potencialmente infinita en internet.

En una pieza para The Guardian, la columnista Jessica DeFino escribía con bastante sorna que lo único que está hoy peor considerado que una mujer gorda es una mujer que juzga a otras mujeres. Aunque DeFino aborda la cuestión con humor, con esta afirmación desvela un posible callejón sin salida. Y es que, como han señalado autoras como Noemí López Trujillo, que en su ensayo Me dibujaron así explica que los looks aparentemente naturales son una construcción tan artificial como los cuerpos más intervenidos, la belleza femenina es un campo en el que parece imposible ser neutral.

Aparece, entonces, la pregunta sobre cómo hablar del cuerpo de los demás (en este caso basta con abstenerse) y, poco después, la de cómo responder si alguien te habla con desprecio sobre su propio cuerpo y espera una confirmación o una refutación. Acudir a la teoría y recordar en ese escenario que ese comentario negativo es más un juicio aprendido que una observación objetiva apenas ofrece alivio, pero tampoco debemos reforzar un prejuicio que parece íntimo y que es el resultado de siglos de opresión. Así que, ¿cómo lidiar con estas conversaciones? ¿damos la razón o cortamos de raíz? ¿qué hacer cuando es la persona insatisfecha la que saca el tema?

Al comienzo de su reciente ensayo Dame veneno que quiero vivir, Leticia Sala recuerda que llegó al mundo del skincare a través de una amiga (la compara con la figura de “la otra mujer” de la que habla Naomi Wolf) que, ante su preocupación por el estado de su piel durante el confinamiento, le contestó: “Te voy a ser sincera, Leti: bótox”. A partir de este recuerdo, la escritora se pregunta cómo puede una mujer contemporánea lidiar con el miedo a envejecer y con la presión estética y cómo podría no transmitírselos a su hija. “Uno de los grandes misterios sobre este tema es que ya no sabemos qué parte de nuestra preocupación tiene que ver con cómo nos ven los demás y qué parte con cómo nos vemos nosotras. Se trata de una línea difusa muy difícil de marcar. Citando a Lena Dunham hablando de retoques estéticos: ‘Ya no sabemos por qué hacemos lo que hacemos’. Quizá sea más sensato asumir esa confusión, intentar dar con esa diferencia, sabiendo de antemano que nunca será del todo precisa”, comenta la escritora.

La psicóloga Denise Praje, especialista en problemas de imagen corporal, va un poco más allá: afirma que no tiene sentido distinguir entre las miradas externas y una posible mirada interna. “Aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos no en el vacío, no en una isla desierta, sino con respecto al otro. Así que los comentarios que hacen los demás dejan huella sobre la historia que construimos sobre nosotros mismos. También sabemos cómo se nos percibe o qué esperan los demás de nosotros y tenemos expectativas sobre lo que ocurrirá al alejarnos o acercarnos al canon: sabemos si nos van a retirar la atención, nos halagarán o nos humillarán. Todo eso crea un conjunto de reglas y creencias que no se pueden separar”, explica.

Praje considera que es fundamental recordar que la insatisfacción con uno mismo (especialmente con una misma) es un motor de consumo, así que pensar que todo lo que nos molesta de nosotros puede o debe ser arreglado es, en realidad, una trampa. “Como psicóloga, nunca animaría a nadie a centrarse en exceso en solucionar lo que considera como defectos. A veces se hace y todas perdemos algunas batallas porque nos compensa, pero creo que siempre es bueno plantearse desde dónde una elige”. Lo que aconseja frente a las inseguridades no es tanto la gestión propia como ponerlas en común: “Sobre todo entre mujeres, que sufrimos más por las presiones estéticas, por el machismo y por la socialización de género. Debemos darnos cuenta de que tenemos algo en común mayor. Y también vendría fenomenal que los hombres hablasen entre ellos sobre los mandatos de género asociados a lo masculino”.

Uno, ninguno y cien mil es una novela publicada por Luigi Pirandello en 1927 que gira en torno a la irritación con la que Vitangelo Moscarda, heredero ocioso de un gran banco, descubre a los 28 años, tras un comentario de su mujer, que tiene la nariz ligeramente torcida. “Me sumí de inmediato en la reflexión de que no conocía bien ni siquiera mi propio cuerpo”, lamenta Moscarda. “Ni todo aquello que me pertenecía de forma más íntima: la nariz, las orejas, las manos, las piernas. Y volvía a mirármelas para someterlas a un nuevo escrutinio. Y así comenzaron mis males”. A pesar de que Pirandello vivió casi un siglo antes de que la industria de la cosmética se colase en todos los armarios, esos males que martirizan a su personaje durante más de 200 páginas se parecen mucho a ciertos malestares contemporáneos.

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