viernes, julio 17, 2026

¿Tu hijo tiene miedo al agua? Qué hay detrás y cómo ayudarle

“El miedo al agua es frecuente durante la infancia y forma parte también del desarrollo evolutivo normal.

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Izan tiene 4 años y, desde hace casi uno, tiene miedo al agua. Sus padres lo saben porque cada vez que ve una piscina, un lago o el mar llora desconsolado y quiere alejarse. Todo viene de una broma de mal gusto en la piscina de la urbanización en la que viven: otro niño le empujó al agua sin que Izan se lo esperase, tragó mucha agua y se asustó mucho. Desde entonces, su relación con el agua es complicada. Clara, su madre, reconoce que la situación les preocupa y que, por eso, el pequeño está recibiendo ayuda para poder afrontar este trauma.

Suele aparecer con mayor intensidad entre los 2 y los 6 años, ya que empiezan a ser conscientes de los peligros del entorno, pero todavía no tienen los recursos para gestionarlo y para interpretar cuando se habla de los peligros que puede tener el agua”, explica Mercedes Bermejo, psicóloga sanitaria, experta en infancia, adolescencia y familia. Bermejo advierte de que, a pesar de eso, “siempre hay líneas rojas entre lo que es evolutivo y lo que puede convertirse en algo preocupante”.

Este problema es motivo de visita a los psicólogos con más frecuencia de lo que se suele pensar y hay hechos o situaciones que pueden hacer que aumenten las consultas: “Se acentuaron mucho este invierno como consecuencia de las inundaciones por lluvias que se produjeron en algunas casas y cuando pasó lo de la dana en Valencia también, no solo por las personas que la sufrieron directamente, también porque los papás y mamás estábamos escuchando las noticias constantemente”, explica.

No obstante, según la experta, el miedo al agua es multifactorial, desde una experiencia negativa previa, como una caída a la piscina, un susto en el mar, un atragantamiento o algo que tenga que ver con el líquido, hasta que exista una falta de familiaridad con el medio acuático, haber presenciado el miedo de otra persona, que haya un familiar o un ser querido que tenga cierta fobia al agua o tener un tipo de personalidad especialmente sensible o vulnerable. “No siempre tiene por qué haber un episodio concreto, sino que realmente responde a una mayor necesidad de seguridad con el entorno”, comenta.

Los adultos tenemos un papel muy importante en cómo afrontar ese miedo por parte de los niños y es fundamental tratarlo con naturalidad: “Hay veces que posibles traumas se agudizan por la reacción que tenemos los cuidadores primarios que estamos alrededor”, comenta Bermejo, que hace hincapié en que lo más importante es respetar el ritmo del niño o niña: “El objetivo no es forzar a que entre al agua cuanto antes, sino que pueda ir construyendo una relación de confianza con ella”. “Conviene”, prosigue, “hacer un acercamiento de forma progresiva, a través de lo lúdico, permitiendo que pueda observar, tocar el agua, mojarse poco a poco e ir celebrando cada pequeño avance”.

El adulto debe transmitir en todo momento calma, seguridad, confianza y refuerzo positivo, sin presionar. “Cuando el niño siente que hay control, que no hay incertidumbre, que el mundo es un lugar seguro, su ansiedad disminuye y aumenta la probabilidad de poder superar ese miedo”, asegura la experta en infancia.

Un entorno tranquilo y sin presión facilita que el niño afronte sus miedos.

Cuidado con exponer al niño a ese miedo


Muchas familias piensan que, para superar ese miedo, lo mejor es que el niño se meta en el agua cuanto antes y, para ello, tratan de restarle importancia a su miedo, fuerzan el contacto, insisten mucho o, incluso, llegan a “ridiculizar” su temor, y todo esto es muy contraproducente. “Lo que puede ocurrir es que el niño asocie el agua con una experiencia de pérdida de control y que aumente todavía más su sensación de amenaza. Además, se siente desprotegido y vulnerable porque los cuidadores primarios no le están acompañando en esta situación”, advierte Bermejo, que señala que “la exposición es una técnica psicológica eficaz cuando se hace de manera controlada, gradual, voluntaria y acompañada emocionalmente. No consiste en enfrentar al niño de manera brusca, en forzarle a exponerse a algo que teme, sino que hay que irle ayudando, celebrando cada paso para que se sienta seguro y comprendido”.

Uno de los recursos a los que suelen acudir muchas familias ante esta situación son las clases de natación. Son una muy buena opción para que el niño aprenda a nadar y a perderle el miedo al agua, pero si ya existe un trauma o cierto miedo hay que ir con cuidado: “Es importante que el niño se sienta preparado, que haya un entorno respetuoso y adaptado a sus necesidades. Si el miedo es muy intenso, puede presentar mucha ansiedad y rechazo de todo lo que tenga que ver con el contacto con el agua, entonces es muy conveniente trabajar primero ese miedo antes de plantear un tipo de aprendizaje de este tipo”, aconseja la psicóloga, que recuerda que, en estos casos, el objetivo no es aprender a nadar, sino recuperar la sensación de seguridad.

Josefina García Romero es profesora de natación en el Club Natación Castilla Burgos y, durante años, también ha impartido los cursillos de natación del Ayuntamiento de Burgos. Por eso, dada su experiencia, sabe que el miedo al agua en niños es un problema habitual: “En los grupos de niños pequeños siempre suele haber uno o dos con miedo al agua. Hay niños a los que simplemente les da un poco de reparo meter la cabeza, hacer algún tipo de ejercicio o soltarse solos en el agua”, explica García, que comenta que, para trabajar con ellos, lo fundamental es darles confianza y recurrir al juego: “Intentas asociarlo todo a cosas de niños, que interpreten animales en el agua o, a veces, simplemente con estar en las escaleritas y hacerles imitar un hipopótamo, por ejemplo, y que tengan que soplar al agua o cosas así, van perdiendo mucho miedo”.

La clave es, según esta profesora de natación, meterse en el agua con ellos: “Sujetarles, darles esa confianza y hacer los juegos con ellos. Hay niños que evolucionan muy rápido y que en un curso han avanzado un montón, y hay niños que el miedo lo tienen bastante más arraigado, pero, bueno, poco a poco se trabaja”, explica la experta, que comenta, además, que a edades tempranas se trabaja más fácilmente y se evoluciona más rápido: “Entre los 3 y los 5 años se trabaja muy fácil y los miedos los pierden bastante rápido. Cuando son niños un poquito más grandes, cuesta más. No es tan fácil hacerles ver que, jugando, puede ser divertido. Hay que darles más confianza, que te vean hacer los ejercicios, que se puedan agarrar a ti, que confíen en ti y, poco a poco, se irán soltando en el agua”.

Esta experta coincide con la psicóloga en un tema clave: forzar nunca es buena idea. “Vamos poco a poco: metemos solo los pies, o nos sentamos en el bordillo; otro día mojamos los bracitos; otro día damos un paseo por la piscina… Pasos pequeños para avanzar sin forzar”.

Los niños no superan sus miedos porque se les obligue a enfrentarse a ellos, a pesar de que eso es lo que siempre se haya dicho por error: “Los niños superan los miedos si encuentran en los adultos una figura de seguridad que les acompaña con paciencia, comprensión y confianza. La seguridad emocional es el mejor flotador para aprender a navegar por los miedos”, resume Bermejo.

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